
El estrés no siempre llega en forma de gran problema. A veces aparece en pequeñas dosis que se repiten todos los días hasta que nuestro organismo empieza a pagar el precio de estar constantemente adaptándose.
Hay una escena bastante habitual: termina la jornada laboral, cierras el ordenador y, en teoría, has terminado de trabajar. Sin embargo, mientras preparas la cena sigues pensando en aquella reunión, recuerdas que tienes que responder un correo y repasas mentalmente lo que tienes pendiente para mañana. Quizá incluso hayas dejado el móvil encima de la mesa “solo por si acaso”. No ha ocurrido nada extraordinario, pero tampoco has desconectado realmente.
Este tipo de situaciones forman parte de nuestra vida cotidiana y, precisamente por eso, muchas veces pasan desapercibidas. Estamos acostumbrados a identificar el estrés con momentos especialmente complicados: una época de mucho trabajo, un problema personal, una situación de incertidumbre o un acontecimiento importante. Sin embargo, el organismo también responde ante una sucesión constante de pequeñas demandas. Y es aquí donde aparece un concepto que todavía resulta poco conocido fuera del ámbito científico: la carga alostática.
¿Qué es la carga alostática?
Para entenderla hay que hablar primero de alostasis, un término utilizado para describir la capacidad del organismo para adaptarse a los cambios y demandas del entorno. Nuestro cuerpo no funciona como una máquina que mantiene todos sus parámetros exactamente iguales durante todo el día. Al contrario, modifica continuamente sus respuestas en función de lo que ocurre a nuestro alrededor: aumenta la activación cuando necesitamos afrontar una situación exigente y favorece la recuperación cuando esa demanda desaparece.
Esta capacidad de adaptación es necesaria y forma parte del funcionamiento normal del organismo. El problema puede aparecer cuando las situaciones que requieren esa adaptación son demasiado frecuentes, intensas o prolongadas, especialmente cuando no existen suficientes periodos de recuperación. La carga alostática hace referencia precisamente al coste acumulado asociado a esa adaptación repetida y sostenida. La investigación científica utiliza este concepto para estudiar cómo diferentes estresores pueden relacionarse con cambios fisiológicos acumulativos a lo largo del tiempo.
Dicho de una manera mucho más sencilla: nuestro cuerpo puede estar soportando muchas más cosas de las que conscientemente consideramos “importantes”.
Una noche de sueño insuficiente probablemente no nos parezca preocupante. Una semana especialmente intensa tampoco tiene por qué serlo. Responder algunos mensajes fuera del horario laboral puede parecernos algo puntual. Saltarnos una comida porque tenemos una reunión puede parecer una excepción. El problema aparece cuando las excepciones empiezan a convertirse en nuestra rutina y los momentos de recuperación son cada vez menos frecuentes.
El estrés cotidiano que no parece estrés
Una de las particularidades del estrés moderno es que no siempre se presenta como una situación claramente identificable. En muchas ocasiones se encuentra escondido detrás de hábitos completamente normalizados.
Revisamos el correo antes de levantarnos de la cama, contestamos un mensaje mientras desayunamos, saltamos de una reunión a otra sin apenas tiempo entre ellas, comemos delante del ordenador, seguimos pendientes del móvil durante la tarde y, cuando llega la noche, utilizamos las últimas horas del día para intentar ponernos al día con todo aquello que no hemos podido hacer.
Ninguna de estas acciones, por separado, tiene por qué representar un problema. El verdadero reto está en la acumulación. Cuando nuestro organismo permanece expuesto a demandas de manera prácticamente constante y apenas encuentra espacios para recuperar, la diferencia entre “estoy teniendo una semana complicada” y “llevo meses funcionando así” empieza a ser importante.
La Organización Mundial de la Salud señala que el estrés puede afectar tanto al bienestar físico como mental y que, cuando se vuelve excesivo o persistente, puede repercutir negativamente en la salud. En el entorno laboral, además, existen factores como las cargas de trabajo excesivas, los horarios prolongados, la falta de control, el apoyo insuficiente o determinados problemas de organización que pueden actuar como riesgos psicosociales.
Por eso, cuando hablamos de bienestar laboral, quizá deberíamos dejar de preguntarnos únicamente “¿cómo podemos ayudar a nuestros empleados a gestionar mejor el estrés?” y empezar a preguntarnos también “¿qué estamos haciendo como organización para no generar estrés innecesario?”
Cuando desconectar del trabajo no significa descansar
Esta cuestión resulta especialmente interesante en un contexto en el que la tecnología nos permite estar conectados prácticamente en cualquier momento. El trabajo puede terminar a las seis, pero eso no significa necesariamente que nuestra mente haya terminado de trabajar a las seis.
Podemos estar físicamente fuera de la oficina mientras seguimos repasando mentalmente una conversación, anticipando una reunión o comprobando si ha llegado un correo. Incluso cuando dejamos de trabajar, podemos continuar consumiendo información relacionada con el trabajo a través del móvil.
Y aquí aparece una diferencia importante: estar fuera del trabajo y estar desconectado del trabajo no son exactamente lo mismo.
La recuperación necesita algo más que dejar de producir. Necesita espacios en los que disminuya la demanda de atención, en los que no tengamos que responder constantemente a estímulos y en los que el cerebro pueda cambiar de contexto.
Por eso, cinco minutos mirando el correo desde el sofá no son necesariamente cinco minutos de descanso. Tampoco lo son cinco minutos haciendo scroll mientras contestamos mensajes. Podemos estar sentados y, sin embargo, continuar sometidos a una enorme cantidad de estímulos.
El descanso no consiste únicamente en no trabajar. También consiste en dejar de estar permanentemente disponibles.
El bienestar también puede generar presión
Aquí aparece una paradoja interesante para quienes trabajamos en bienestar corporativo. Durante los últimos años hemos hecho un esfuerzo enorme por concienciar sobre la importancia de cuidarnos: hacer ejercicio, comer mejor, dormir suficiente, gestionar el estrés, practicar mindfulness, desconectar de las pantallas…
Todo ello puede ser positivo. Pero existe un riesgo cuando el bienestar se presenta como otra lista de obligaciones que debemos cumplir.
Hay personas que terminan su jornada agotadas y reciben el mensaje de que, además, deberían hacer ejercicio, meditar, cocinar saludable, dormir ocho horas, leer, desconectar del móvil y dedicar tiempo a su desarrollo personal. Lo que pretendía ser una herramienta para mejorar su bienestar puede terminar percibiéndose como otra fuente de exigencia.
El bienestar no debería convertirse en otra cosa que hacer bien.
Este punto es especialmente importante en las empresas. Un programa de bienestar no debería generar culpabilidad en quien no participa en un reto, no completa una actividad o no encuentra tiempo para asistir a un taller. Su función debería ser poner recursos a disposición de las personas y facilitar que puedan utilizarlos de acuerdo con sus necesidades y circunstancias.
Porque no todo el mundo necesita lo mismo. Y, además, una misma persona puede necesitar cosas diferentes en distintos momentos.
Recuperar también es una habilidad
Cuando hablamos de hábitos saludables solemos centrarnos mucho en aquello que debemos incorporar: hacer ejercicio, mejorar nuestra alimentación, beber más agua, dormir mejor o movernos más durante el día. Sin embargo, quizá deberíamos prestar más atención a una cuestión que suele quedar en segundo plano: la recuperación.
Recuperar no significa necesariamente pasar dos horas en el sofá. Puede significar caminar un rato después de trabajar, tener una conversación que no esté relacionada con nuestras obligaciones, disfrutar de una comida sin mirar el teléfono, dedicar unos minutos a estar en silencio o simplemente dejar un espacio entre una actividad y la siguiente.
También puede significar aprender a reconocer cuándo necesitamos parar antes de llegar al límite.
Esta última parte es fundamental porque tenemos cierta tendencia a utilizar el descanso como respuesta a la extenuación. Aguantamos mientras podemos y, cuando ya estamos completamente agotados, intentamos compensarlo. Dormimos más el fin de semana, cancelamos planes, buscamos desconectar de golpe o nos prometemos que la próxima semana será diferente.
Pero quizá el objetivo no debería ser recuperarnos después de habernos agotado, sino introducir pequeñas oportunidades de recuperación antes de llegar a ese punto.
¿Qué puede hacer una empresa?
Hablar de carga alostática en el contexto laboral no significa diagnosticar el estado de salud de los empleados ni asumir que cualquier cansancio tiene una causa relacionada con el trabajo. Es un concepto que puede ayudarnos, eso sí, a ampliar nuestra mirada sobre el bienestar.
Una estrategia corporativa de bienestar no debería limitarse a ofrecer actividades aisladas. También puede plantearse preguntas relacionadas con la propia experiencia laboral: ¿existen cargas de trabajo razonables?, ¿hay espacios de recuperación?, ¿se respetan los tiempos de descanso?, ¿se fomenta una desconexión real?, ¿los managers cuentan con herramientas para detectar situaciones de sobrecarga?, ¿las iniciativas de bienestar son accesibles para diferentes perfiles?
La OMS recomienda abordar los riesgos psicosociales mediante intervenciones sobre las condiciones y el entorno de trabajo, además de complementar estas medidas con acciones dirigidas a las personas. Esto es importante porque pone el foco en una idea que a veces olvidamos: la salud mental en el trabajo no depende únicamente de que cada empleado aprenda a gestionar mejor sus emociones.
El contexto también importa.
Del bienestar como actividad al bienestar como cultura
Durante mucho tiempo, el bienestar corporativo se ha asociado a actividades concretas: una clase de yoga, un reto de pasos, una charla sobre nutrición o un taller de gestión del estrés. Todas ellas pueden tener sentido, pero ninguna debería ser considerada por sí sola una estrategia completa de bienestar.
El verdadero reto está en integrar diferentes herramientas que permitan abordar distintas dimensiones de la salud y que, al mismo tiempo, puedan adaptarse a la realidad de las personas.
Una persona puede estar interesada en mejorar sus hábitos nutricionales. Otra puede necesitar incorporar más movimiento a su rutina. Otra puede buscar recursos relacionados con su bienestar emocional. Otra quizá solo quiera participar en un reto colectivo porque le resulta una manera sencilla y divertida de activarse.
Por eso, personalización y accesibilidad son dos conceptos cada vez más importantes dentro del bienestar corporativo.
La tecnología puede ayudar precisamente en ese punto: facilitar que las personas tengan acceso a diferentes recursos y puedan elegir aquellos que mejor encajen con sus necesidades, sin convertir el bienestar en una experiencia idéntica para toda la plantilla.
Quizá el objetivo no sea aguantar más
Esta es, probablemente, la reflexión más interesante que podemos sacar del concepto de carga alostática.
Durante mucho tiempo hemos admirado la capacidad de las personas para aguantar. Aguantar semanas intensas, dormir poco, trabajar bajo presión, responder a todo, estar disponibles y seguir funcionando.
Pero quizá el futuro del bienestar no debería consistir en conseguir que las personas sean capaces de soportar cada vez más.
Quizá debería consistir en crear entornos en los que no tengan que estar soportándolo todo el tiempo.
El bienestar no consiste en eliminar todas las dificultades de nuestra vida. Eso sería imposible. Tampoco consiste en conseguir que nunca estemos estresados. El objetivo es mucho más realista: disponer de recursos, hábitos y entornos que nos permitan afrontar las demandas de la vida sin permanecer permanentemente en modo supervivencia.
Y esto afecta tanto a las personas como a las organizaciones.
Porque quizá el bienestar corporativo más interesante no sea el que consigue que una plantilla haga más actividades.
Quizá sea el que consigue que las personas tengan más herramientas para cuidarse en medio de su vida real.
¿Y qué hacemos con todo esto?
La carga alostática nos recuerda algo que puede parecer evidente, pero que muchas veces olvidamos: nuestro cuerpo no entiende únicamente de grandes acontecimientos. También responde a la suma de pequeñas demandas cotidianas.
Por eso, cuidar nuestro bienestar no debería significar esperar a que aparezca un problema evidente. Puede empezar mucho antes, creando espacios de movimiento, alimentación saludable, descanso, conexión social y bienestar emocional dentro de nuestra rutina.
Y en las empresas, el reto es todavía mayor: no se trata solamente de ofrecer beneficios relacionados con el bienestar, sino de construir una cultura en la que esos beneficios tengan sentido y en la que las personas encuentren recursos que puedan utilizar realmente.
En Wellat Technologies partimos precisamente de esa idea: el bienestar no es igual para todo el mundo ni se necesita de la misma manera todos los días. Por eso, combinar nutrición personalizada, actividad física, bienestar emocional, contenidos, talleres y retos permite ofrecer diferentes caminos para que cada persona encuentre aquello que mejor encaja con su momento.
Porque cuidarse no debería ser otra exigencia.
Debería ser una posibilidad.
“No necesito esperar a estar al límite, para empezar a cuidarme.”

